Opinión Aníbal Mosa: La constancia de la torpeza

Resumen
La crisis institucional de Colo-Colo es provocada por la lucha interna y la mala gestión de Blanco y Negro. Pero la figura de Aníbal Mosa cobra una espacial relevancia como símbolo de una administración repetidamente incompetente que ha profundizado el deterioro del club.
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Autor de este artículo: @chester

Todos los hinchas de Colo-Colo conocen de memoria la escena: la sociedad controladora Blanco y Negro partida en dos bloques que se desprecian, se vigilan y se sabotean con una dedicación casi infantil. Dos bandos que, pese a todo, insisten en convivir por voluntad propia. El resultado ha sido la conversión del club más grande de Chile en una suerte de reality permanente: una farsa donde el interés institucional queda sistemáticamente relegado frente a egos inflamados y rencillas personales. En este teatro de comedia, la tercera fuerza, el Club Social y Deportivo, parece oscilar de un lado a otro, más como gesto simbólico que como actor con peso real.

No importa demasiado el origen de esta enemistad. Lo relevante es que ambos bloques, cuando les ha tocado ejercer la presidencia del club, han demostrado una incompetencia desconcertante. Desconcertante porque uno esperaría que empresarios exitosos, directores de empresas y figuras habituadas al mundo de las decisiones duras mostraran, al menos, algún criterio básico. Si no en lo deportivo, al menos en lo gerencial o financiero. Pero ni siquiera en su propio terreno han sido capaces de exhibir un mínimo de oficio.

Dentro de esta caterva de ineptos, destaca, amargamente, una figura peculiar. Aníbal Mosa. Proveniente de una familia sureña de gran fortuna, intentó en varias ocasiones ingresar al mundo del fútbol profesional. Primero coqueteó con la compra de Deportes Puerto Montt, luego con Deportes Antofagasta, hasta que finalmente, en 2010, se convirtió en uno de los accionistas mayoritarios de Blanco y Negro. Hasta entonces, su figura era prácticamente desconocida.

Mosa se presentaba como hincha del club, portador de un discurso épico y nostálgico: el deseo de devolver a Colo-Colo a la cima del continente, allí donde alguna vez estuvo. Con el tiempo, ese anhelo declarativo parecía materializarse al llegar a la presidencia, cargo que ha ejercido en tres ocasiones. Los resultados de esas administraciones están a la vista y difícilmente resistirán el paso de la historia: el bochorno del casi descenso en 2020 y un centenario que quedará registrado por la vergüenza.

Mosa no es el único responsable del deterioro del club. El problema es estructural y remite al conjunto de inversionistas que se hicieron del control de Colo-Colo. Sin embargo, bajo sus presidencias se han acumulado episodios especialmente dañinos. Camarines capturados por jugadores con poder informal, entrenadores decidiendo en ámbitos que no les corresponden, contratos largos y sueldos millonarios para rendimientos mediocres, negociaciones mal llevadas que dejaron futbolistas esperando en el limbo, técnicos sin pergaminos suficientes para el cargo, fichajes caros de jugadores incomprobables y una seguidilla de polémicas extradeportivas (peleas a combos, licencias falsas, futbolistas enviados al seguro de cesantía).

Nada de esto es producto del azar. Es más bien la consecuencia de una forma de administrar: voluntariosa, desordenada, incapaz de aprender de sus propios errores. Una gestión que confunde convicción con porfía y entusiasmo con criterio. Y en esa confusión persistente, Aníbal Mosa se ha convertido en el rostro más reconocible de un modo de hacer las cosas que insiste en fracasar con admirable regularidad.

Tal vez alguien podría sostener que Mosa es, en el fondo, el mal menor. Pero lo cierto es que las buenas intenciones sin raciocinio no atenúan el daño: lo profundizan. Sobre todo cuando, administración tras administración, no se advierte el más mínimo aprendizaje. No hay corrección de rumbo, no hay memoria del error, no hay autocrítica. Es como una fuerza ciega que avanza convencida, repitiendo los mismos gestos, las mismas decisiones y, previsiblemente, los mismos fracasos.

Esta constatación adquiere hoy una gravedad particular, cuando Mosa manifiesta su intención de comprar la parte del bloque opositor. Algunos dirán que eso le permitiría gobernar con mayor tranquilidad, sin sabotajes ni disputas internas. Pero a la luz de su historial, la pregunta es inevitable: ¿mejorar la gestión o simplemente liberar por completo una torpeza ya conocida? La concentración de poder, en este caso, no promete orden, sino la posibilidad de un nuevo caos, una especie de Nerón moderno, incendiando el club mientras insiste, con devoción pueril, en proclamarse hincha.

Así, Colo-Colo parece haber tenido la mala fortuna de caer en las peores manos posibles, donde cada mano es un bloque que se niega a trabajar por un bien mayor. Y mientras la rivalidad o la torpeza sigan imponiéndose, no se avizora un futuro que permita al club recuperar la grandeza que alguna vez tuvo.
 
Aníbal Mosa es un miserable que intenta compensar sus carencias afectivas tratando de ganarse a la hinchada colocolina. El gran problema es que el tipo es incompetente y lleva 15 años siendo incompetente y seguirá siendo incompetente. El club baila al ritmo de sus caprichos con y a oposición peor que él y con un CSyD inexistente, tibio y quebrado. La complicidad de Daniel Morón da para otra columna.

Estamos hasta el pico.
 
Mientras existan hinchas pelotudos que le anden pidiendo fotos en el estadio a este sirio del orto, seguiremos en la misma senda nomás.
 
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