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El 21 real - Hombres de Blanco

Camilo_GB

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#1

Cuando vio que el Chano Garrido quitó esa pelota no dudó un segundo. El instinto del delantero, más aún con las insistentes y tozudas instrucciones de Mirko de hacerlo en cada entrenamiento, le indicó picar hacia el costado izquierdo. Pero Jaime Pizarro, tras recibir del número 3 de Colo Colo, hizo lo que sólo hacen aquellos que tienen la cancha metida en el cerebro: giró hacia el otro lado, el derecho, y vio que un argentino con larga cabellera rubia corría con esos pasos inconfundibles, suaves, elegantes y con determinación, dejando de lado la opción de continuar la jugada por la lógica, con el moreno, joven y promisorio delantero de Colo Colo.

Barticciotto recibió la pelota como tantas tardes y noches en el Monumental, pero esa jugada era distinta. Ya había hecho algo similar en el primer tiempo, para darle a Luis Pérez, quizás, el gol más lindo de su carrera y el 2 a 0 del Cacique ante Olimpia. Pero eso era distinto. Incluso hubo jornadas ante Huachipato, O´Higgins, Wanderers, las Universidades o Cobreloa, en que siempre hacía lo mismo. Correr por la franja derecha, haciendo gala del número 7, que siempre llevó en la espalda. Pero esa jugada era distinta.

La gente comenzó, como durante gran parte de la Copa de ese año, a pararse de sus asientos en la tribuna Cordillera, mientras el ex delantero de Huracán dejaba atrás metros de pasto y a los defensas de Olimpia con algo más de preocupación.

Leonel Herrera había elegido el número 21 solamente por una tincada. Cuando estaban inscribiendo la lista de la Copa Libertadores tenía disponibles el 16, 18 y 21. Eligió este último.

El hijo del finalista de 1973, goleador de las inferiores de Colo Colo y gran proyecto albo, picó en diagonal viendo en el extremo como Barticciotto daba zancos de caballo -el signo del argentino en el horóscopo chino- y tuvo la claridad de pensar en todo lo que le habían enseñado, más la naturaleza asesina intrínsica de todo delantero. "La cancha está mojada, Barti la va a tirar a ras de piso, tengo que definir de primera", pensó mientras el frío de ese día le golpeaba con velocidad en la cara.

Lucho Pérez, con sus dos goles a cuestas, fue hacia el primer palo, aunque algo más atrás que Barti y el Leo, quien ya se posicionaba hacia el medio.

Barticciotto y el centro como lo había pensado. El volumen de a poco se fue bajando, como quien gira la perilla de una radio. Los oídos casi tapados. Herrera y el golpe con la zurda, borde interno seco y adentro. 3-0. Sería todo, la historia cerró su capítulo más glorioso y la Copa se quedó en Chile. Sí, la misma del '73, del '75, '81 y '82. Pero ahora no. Ahora era imposible que alguien pudiera imaginar en perderla.

Se iba a pasear por acá, en cada región, en cada rincón. Varios ya lloraban en las casas a través de la pantalla chica, miles en las tribunas del Monumental y más de algún comentarista deportivo en las casetas de Pedreros.

Lucho Pérez se colgó de sus hombros. El Leo no escuchaba más que zumbido, como cuando se está en esa siesta reponedora y apenas la lejanía de aquellos sueños mezclados con la realidad, a veces hacen volver a la Tierra.

Saludó a los que lloraban en la parte baja de la tribuna Cordillera con los brazos en alto, hasta que alguien lo agarró del hombro. Era el mismo del centro a la antigua. Barticciotto, agachándose para quedar en buena posición, sólo atinó decirle una cosa, lo único que a esa altura, podía despertarlo: "Leo, esto es por tu viejo".

Sí, por el Chuflinga, quien a 900 kilómetros de distancia, en Temuco, donde dirigía el elenco del German Becker, saltaba encima de su cama. Había visto el partido solo encerrado en su pieza, vibrando y recordando pasajes de aquellas finales de 1973. Pero esa noche fue distinta. Seguía brincando mientras veía a su hijo yendo hacia la mitad de la cancha, con el placer de haber cerrado la serie. Tanto saltó que la resistencia de la cama cedió a la fuerza de sus piernas como en la década del '70 lo hacían los delanteros, que sucumbían ante la agresividad del fiero marcador.

La cama quedó en el suelo y ahora el llanto se combinó con alguna sonrisa. Ni siquiera alcanzó a preocuparse como iba a dormir esa noche. Es que seguramente no lo iba a hacer, así como cuando a veces mira la camiseta de la final que el Leo, su querido hijo, le regaló a los pocos días del triunfo.

En el trayecto hacia la mitad de la cancha, Herrera comenzó a despertar. Miraba a la tribuna y levantaba los brazos, como recién tomándole el peso a lo que había hecho.

Nada menos que acababa de cerrar un ciclo glorioso. El más hermoso desde que en Chile unos locos ingleses comenzaron a patear una pelota, en los viejos almacenes del puesto de Valparaíso y a ocupar sitios baldíos e improvisar canchas esporádicas en algún cerro. No fue la tercera la vencida, sino la cuarta, tras dos intentos de Cobreloa, uno de Unión y otro del Colo Colo que defendió su padre.

Le iba a costar darse cuenta y ni se imaginaba lo que vendría. No tenia tiempo para soñar con el contacto en directo que Radio Portales hizo entre él y sus padres, entre llantos y palabras que se iban con el vapor del invierno. Menos para imaginar el recibimiento que tendría de sus vecinos en la Florida, quienes lo esperaron hasta que llegó en la noche. No pudo sospechar que en cada restaurante que fuera durante ese año, el dueño no le dejaría pagar la cuenta, sino que le haría saber el honor de tenerlo sentado en una de sus mesas.

Y definió con el borde interno de su zurda. El 21 en la espalda coronó el trabajo de un plantel, un cuerpo técnico y una dirigencia que se afiataron como la mejor de las cofradías, se quisieron como la más fiel familia y lucharon como el más nutrido ejército sin balas.

Hicieron gritar y llorar a todos para quienes el fútbol es mucho más que 22 tipos corriendo pateando un balón y que no necesariamente eran colocolinos. Eso sí, para estos, en las mañanas siguientes el pan estaría más crujiente y el té mucho más dulce y caliente.

Es que este grupo de hombres escribió la historia con la pluma que entrega la libertad de sentirse campeones.
Pero este cuento empezó mucho antes.


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Capitulo uno de "Hombres de Blanco, La historia íntima de Colo Colo Campeón de América", Ignacio Pérez Tuesta
 

Moncho

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#2
Que manera de pasar a la historia grande Lucho Pérez y Leo Herrera hijo con estos goles. Siendo que ambos están lejos de tener una historia extensa como jugadores, lo de esa noche vale más que cualquier otra jornada.
 
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